A propósito de The Class: Living and Learning in the Digital Age, de Sonia Livingstone y Julian Sefton-Green (New York: New York University Press, 2016, 368 páginas). Disponible para lectura en línea

Dra. Inés Dussel, DIE-CINVESTAV, México


The-Class-cover-200x300Mucho se ha escrito sobre las nuevas generaciones que están creciendo con las tecnologías digitales. Probablemente el concepto más conocido sea el de “nativos digitales”, que supone que los niños y jóvenes de esta época nacen con -o aprenden rápidamente- saberes y conductas que los diferencian abiertamente de los adultos “inmigrantes”. Otra referencia extendida es la de la cultura prefigurativa, propuesta por la antropóloga Margaret Mead a principios de los años ’70 para afirmar que los jóvenes ya no aprenden de sus mayores sino que deben figurarse el mundo por sí solos. Ambos conceptos comparten la idea de que hay una ruptura en la transmisión intergeneracional, que las viejas instituciones quedaron obsoletas y que los jóvenes están creciendo sin guiones previos.

Las investigaciones sobre la vida y los aprendizajes de niños y jóvenes en la era digital muestran, sin embargo, matices y claroscuros que las hipótesis rupturistas no ven. Entre ellas, quiero destacar un libro publicado en mayo de 2016, que debería convertirse en una referencia obligada para los estudios sobre jóvenes y cultura digital. Se trata de una investigación realizada por dos reconocidos académicos ingleses, Sonia Livingstone y Julian Sefton-Green, sobre un grupo escolar de niños de 13 años que cursaban el noveno grado en una escuela londinense entre 2011 y 2012. Los dos investigadores tienen una larga trayectoria de investigaciones sobre infancia y medios; Sefton-Green tiene, además, experiencia como maestro y educador en medios. Siguieron a este grupo de 28 niños de un salón de clases durante un año completo, y estudiaron cómo se conectan sus mundos escolar, doméstico y de amistades. Buscaron analizar cómo aprenden dentro y fuera de la escuela, su sociabilidad online y offline, y cómo van creciendo en un mundo hiperconectado, con demandas a veces contradictorias de las familias, los pares y la escuela. ¿Cómo se conectan sus mundos? ¿Hay alguno/s más importante? ¿Qué rol juegan en esas conexiones las tecnologías digitales?.
 
Lo que encontraron habla tanto de las interrelaciones entre las vidas online y offline de los niños como de las dinámicas estructurantes de la sociedad actual, particularmente de la sociedad multicultural y modernotardía del Londres del siglo XXI. La promesa de un mundo conectado digitalmente de forma totalmente abierta y exponencial no es más que una promesa; estos niños viven en mundos más pequeños y privados que lo que plantea la retórica de la sociedad en red, y priorizan la comunicación cara a cara y el tiempo con sus familias. Aunque usan con mucha frecuencia las tecnologías digitales, sus conexiones no son homogéneas ni indiscriminadas: no se aventuran con desconocidos, y evaden o restringen la comunicación con los adultos. Por otra parte, la mayor parte de los usos se asocian a ver materiales (imágenes, textos o sonidos) producidos por otros, y hay poca creación y experimentación.
 
El estudio analiza también la perspectiva de las familias. Sometidas -por la pedagogización creciente de las sociedades desarrolladas- a la presión de “educar bien a sus hijos” y llenar su tiempo de actividades relevantes para su formación, las familiasn dan la bienvenida a las tecnologías digitales porque compensan la menor libertad infantil para moverse en la calle o la ciudad, y también porque “no hay que quedarse atrás” en el mundo actual. Las familias identifican a la tecnología digital con el acceso a la información y a ésta con el conocimiento, y no tienen claridad sobre qué tipo de aprendizajes se produce en esa interacción y cómo se benefician sus hijos con ella. Creen que es bueno que los niños estén conectados, pero también que hay que plantear reglas para la conexión y sostener un tiempo y espacio familiar compartido.
 

En la investigación, se evidencia que el mundo escolar también recibe una presión creciente por actualizar sus tecnologías, pero hay dos demandas específicas que determinan cómo y para qué se usan los medios digitales: la de lograr un buen desempeño académico de los alumnos (que toma la forma de niveles o estándares de desempeño) y la de promover una cultura cívica común, que en el Londres multicultural y multirracial actual tiene una importancia prioritaria.


 
La vida del aula se organiza en torno a garantizar el progreso de los alumnos a través de la escala oficial de niveles de aprendizaje, y a asegurar los aprendizajes cívicos y sociales, entre otras vías por medio de explicitar y consensuar la justicia del orden de trabajo, y garantizar que se haga lugar a todos. Los niños aprenden a actuar en ese mundo escolar y, en líneas generales, lo aceptan y se acomodan a él. Estas demandas atenúan la potencialidad de los medios digitales de traer mayor colaboración o conexión entre la escuela y el hogar, o entre saberes de grupos distintos; se busca evitar el riesgo de introducir temas o perspectivas en conflicto, pero también se evita una interacción más significativa con los mundos de los adolescentes.
 
En síntesis, el panorama que emerge de esta investigación muestra las múltiples dimensiones que pesan en la vida de las nuevas generaciones. Las tecnologías digitales no son lo único nuevo; las familias y las escuelas también están cambiando con los nuevos desafíos de la vida urbana cosmopolita y multicultural y de las políticas educativas centradas en estándares de desempeño. Las direcciones que toman estos cambios pueden estar más cerca o más lejos de nuestros gustos y predilecciones, pero lo cierto es que no se explican solamente por la proliferación de dispositivos o pantallas digitales. En lo personal, valoro especialmente el análisis de la importancia de la producción de una civilidad en la escuela, una dimensión que se juzga muchas veces como conservadora o disciplinaria pero que es central para la formación ciudadana actual. También destaco la perspectiva situada que propone el estudio, que permite ver los conflictos y tensiones de la Londres actual y cómo atraviesan la experiencia vital de las nuevas generaciones en este mundo hiperconectado. Ojalá este estudio inspire otros en Iberoamérica que permitan profundizar en los modos particulares en que las escuelas y los niños de la región viven las demandas de conectarse y apropiarse del mundo digital.