Sebasitán J. Lipina (Buenos Aires-Argentina, 1968). Licenciado y Doctor en Psicología. Director de la Unidad de Neurobiología Aplicada (UNA, CEMIC-CONICET, Argentina). Profesor Adjunto a cargo del Seminario Pobreza y Desarrollo Cognitivo, Escuela de Humanidades, Universidad Nacional de San Martin (Argentina). Fellow del Center of Neuroscience and Society (University of Pennsylvania, USA). Consultor de OPS, PNUD, UNICEF. Integrante del Comité de Ética del CEMIC (Argentina). Investigador Voluntario de la American Association for the Advancement in Science (AAAS, USA).  
 
Los estudios neurocientíficos contemporáneos sobre la pobreza infantil comenzaron a realizarse hace apenas dos o tres décadas. Si consideramos a los estudios empíricos que incorporan métodos para explorar la estructura y función del cerebro -como por ejemplo la electroencefalografía densa o la resonancia magnética estructural y funcional-, los primeros estudios comenzaron a realizarse a principios de la década del 2000. En la actualidad, contamos con aproximadamente 80 estudios empíricos publicados, de los cuales aproximadamente el 80% han sido realizados en Estados Unidos. Asimismo, la mayor parte de estos estudios se basan en diseños sincrónicos y correlacionales, lo cual significa que describen asociaciones entre distintos fenómenos de privación relacionados con la pobreza infantil y la estructura y función del sistema nervioso. En términos metafóricos, un diseño sincrónico es una fotografía de un momento específico del desarrollo, en contraposición a los diseños longitudinales que representarían más a un video que muestra a un mismo individuo en diferentes momentos de su ciclo vital.
 
La evidencia disponible, replicada en diferentes sociedades y grupos etarios de niños y adolescentes, indica que la pobreza por ingreso, los niveles educativos y ocupacionales bajos de los padres y las privaciones en la vivienda, se asocian a cambios estructurales (volumen, grosor y superficie) y funcionales (patrones de activación durante la realización de tareas específicas o en estado de reposo), de diferentes redes neurales que involucran al hipocampo, la amígdala, la corteza prefrontal y la corteza parietal. A su vez, tales cambios estructurales y funcionales se asocian con variaciones en el desempeño en tareas con demandas autorregulatorias cognitivas y emocionales, así como también el desempeño académico en las áreas de lectura y procesamiento aritmético. En términos probabilísticos, las poblaciones de niños de edad preescolar y escolar que viven en condiciones de pobreza tienden a obtener desempeños más bajos en tales tipos de tareas. Las interpretaciones de los resultados de los primeros estudios adjudicaban estos cambios a déficits neurales y cognitivos. No obstante, en la medida en que esta área de estudio fue avanzando, se hizo posible generar evidencia que sugiere: (1) que tales patrones estructurales y funcionales son plausibles de modificarse a través de intervenciones específicas; y (2) que al menos una parte de los cambios estructurales y funcionales en el cerebro asociados a pobreza podrían constituir formas de adaptación al medio –no déficits-; ya que los recursos neurales asociados a desempeños adecuados en tareas de lectura y procesamiento aritmético pueden ser diferentes en niños con y sin privaciones por pobreza.
 
En conjunto, esta evidencia es importante porque permite comenzar a comprender aspectos del potencial impacto de la pobreza infantil a diferentes niveles de organización como el neural, el cognitivo y el conductual. La evidencia disponible muestra que abordar estos estudios desde más de un punto de vista puede llevar a identificar fenómenos que a veces solo pueden observarse desde uno solo de ellos.  Por ejemplo, existen estudios que muestran cambios a nivel estructural o funcional del cerebro que no se verifican a nivel de la conducta, lo cual en etapas tempranas del desarrollo podría ser una ventaja para anticipar acciones preventivas tanto para el desarrollo como para el desempeño académico. En el futuro, este conjunto de evidencias podrían ser útiles para complementar el diseño de políticas e intervenciones orientadas a optimizar el desarrollo y la oferta educativa de los niños que viven en pobreza. Para que ello ocurra es necesario contar con un conocimiento más preciso acerca de cuáles son los mecanismos a través de los cuales las privaciones se asocian con tales resultados. Una vez identificados los mecanismos, sería posible tomarlos como potenciales blancos en el diseño de intervenciones. Para poder identificar mecanismos, por una parte es necesario implementar estudios con diseños longitudinales que analicen el desarrollo de los mismos individuos en el tiempo. Y por otra parte, se necesita diseñar, implementar y evaluar intervenciones controladas, de manera de poder identificar qué resultados específicos genera un entrenamiento cognitivo, por ejemplo, y con qué factores se asocian tales cambios en diferentes grupos de niños que viven en condiciones de adversidad por pobreza.
 

Foto obtenida por João Lima https://www.flickr.com/photos/joaolimah/

En el área de los estudios neurocientíficos de la pobreza solo contamos con dos de estos estudios:
  • El primero, realizado por un grupo de investigadores de la Universidad de Oregon (Estados Unidos) y publicado en el año 2013, consistió en un programa de intervención de dos generaciones orientado a reducir los niveles de estrés en padres y a entrenar procesos de atención selectiva en niños de 5 años de edad, provenientes de hogares con bajos ingresos. Los resultados mostraron por una parte una disminución en la percepción del estrés en el hogar por parte de los padres, y por otra mejoras cognitivas en los niños además de cambios en los patrones de activación electrofisiológica que se asemejaron a los de niños que no vivían en pobreza.
  • El segundo estudio, publicado en el año 2017 y realizado por un grupo de investigadores del MIT (Estados Unidos), consistió en una intervención orientada a mejorar competencias de lectura en niños con trastornos en esta competencia provenientes de hogares cuyos padres tenían niveles bajos de educación y ocupación. Los resultados mostraron mejoras a nivel de la lectura, pero también cambios volumétricos en áreas de la corteza cerebral asociadas con esta competencia. Los resultados de estos estudios indican que los sistemas de control atencional y de lectura, mantienen niveles de plasticidad que pueden ser modificados a través de intervenciones; y suman apoyo para las hipótesis generadas por otras disciplinas (por ejemplo, la psicología del desarrollo) que sugieren que entre los potenciales mecanismos que subyacen a las asociaciones entre pobreza y sistema nervioso, el estrés y la estimulación al aprendizaje serían dos a tener en consideración.
 
Con respecto al uso de la evidencia disponible para el diseño de políticas públicas, su naturaleza correlacional y probabilística la convierte en preliminar; y abona a la necesidad de avanzar en la realización de más estudios de intervenciones que contemplen distintos tipos de variabilidades individuales y culturales. No obstante ello, es posible verificar en cierta literatura contemporánea del área de desarrollo infantil temprano el uso de la evidencia neurocientífica para sostener la noción de la existencia de un período crítico del desarrollo como determinante principal de la productividad económica de la vida adulta. Tales afirmaciones no son posibles de sostener con la evidencia neurocientífica disponible y resultan de concepciones erróneas y sobregeneralizaciones surgidas durante la década de los noventa, en base a hallazgos neurobiológicos realizados en estudios basados en modelos experimentales en humanos y animales.
 
Esta distancia entre la evidencia concreta disponible y el uso inadecuado para justificar intervenciones específicas -o entre los que generan la evidencia y los que la utilizan-, requiere ciertas aclaraciones importantes para los esfuerzos futuros de construcción interdisciplinaria del conocimiento sobre el impacto de la pobreza en el desarrollo humano. En primer lugar, los estudios neurocientíficos de la pobreza contemporáneos no se plantean re-inscribir las diferencias neurales en términos culturales. Tampoco proponen objetivos normativos del desarrollo humano que propongan a priori individuos aptos y no aptos, sino más bien la posibilidad de identificar y modificar las capacidades de adaptación neural que puedan contribuir con el logro de derechos y bienestar durante el ciclo vital. Por otra parte, la evidencia neurocientífica de los estudios sobre pobreza no es considerada por los investigadores del área de una forma en que necesariamente implique consecuencias fijas o inmutables en diferentes etapas de la vida. Por último, la comunidad neurocientífica está abierta a contribuir con esfuerzos interdisciplinarias que ayuden a comprender la complejidad de la pobreza y el desarrollo humano, los cuales eventualmente podrán informar el diseño de políticas.
 
En otros términos, la neurociencia no está proponiendo una definición biológica de la pobreza. Los investigadores de esta área trabajan en el contexto de una concepción que considera el nivel de organización biológico como complementario a muchos otros, incluyendo al conductual, el social y el cultural. Los diseños de estudios y la interpretación de los hallazgos que proponen los investigadores del área se basan en los conceptos propuestos por la ciencia contemporánea del desarrollo. Ello implica que los procesos de desarrollo y de pobreza son complejos, multi-determinados y caracterizados por relaciones dinámicas y multi-direcciones de distintos eventos durante el ciclo vital. En tal contexto conceptual, es imposible reducir la complejidad de la pobreza al nivel de organización neural; y los hallazgos se interpretan en el sentido de que la pobreza modula la expresión de los procesos neurales de una forma que puede colocar a las personas en riesgo cognitivo y emocional para afrontar los desafíos que imponen la adaptación sociocultural de cada comunidad o sociedad. Los neurocientíficos dedicados a los estudios de pobreza aún están trabajando en el diseño de estudios adecuados que puedan ayudar a mejorar la comprensión de las consecuencias a largo plazo de las influencias tempranas de las deprivaciones materiales, afectivas y simbólicas sobre el sistema nervioso. Por ejemplo, la evidencia proveniente de estudios experimentales con animales y humanos sostienen la hipótesis de que la pobreza incrementa y tiende a hacer crónica la respuesta al estrés, contribuyendo en forma silenciosa a la acumulación de enfermedades que involucran a los sistemas cardiovascular e inmunológico, lo cual en el largo plazo podría acortar el tiempo de vida. Algunos investigadores interpretan esta hipótesis como una violación potencial de derechos humanos básicos que contradicen principios constitucionales en diferentes países del mundo.
 
En algunos tomadores de decisión relacionados con el campo del desarrollo infantil temprano, se verifica la propuesta de considerar al desarrollo neural temprano como un determinante principal de una fuerza de trabajo saludable y emprendedora –en términos de eficiencia económica-. En tal abordaje, que suele inscribirse en la teoría del capital humano propuesta por economistas como Gary Becker, es posible encontrar afirmaciones que sostienen que los primeros mil días constituyen un período sensible único para la organización neural que determina muchas de las capacidades adultas de una manera inmutable. Esta línea de pensamiento tiene sus raíces en las propuestas de que el individuo se posiciona en un mercado de conductas e información, donde optimiza su propio comportamiento y conocimiento de manera que su acumulación lo convierte en más deseable en el mercado. Esta versión normativa del desarrollo humano no coincide en ningún punto con la que los estudios neurocientíficos de la pobreza proponen. Ello no significa que no sea productivo considerar la teoría de las capacidades humanas como un potencial constructo productivo a explorar en los estudios de pobreza. En tal sentido, existen abordajes que proponen convertir a los derechos humanos en libertad de acceso a políticas específicas y que en todo caso también merecen ser considerados. De hecho, este último tipo de propuesta se acerca a la de los esfuerzos de la ciencia del desarrollo para optimizar las habilidades autorregulatorias de niños que viven en pobreza como medio para incrementar la auto-determinación, construcción de conciencia de ser sujetos de derechos y participación en esfuerzos sociales que contribuyan al bienestar colectivo.
 
En cualquier caso, si bien la evidencia disponible es promisoria, aún resulta preliminar para informar el diseño de políticas. En la actualidad resulta posible sugerir algunas recomendaciones, como por ejemplo tomar en consideración procesos fisiológicos básicos involucrados en la nutrición, el sueño, la actividad física y la regulación del estrés; pero la evidencia no permite sostener afirmaciones sobre la existencia de períodos críticos o sensibles únicos como determinantes principales que necesariamente se asociarían a consecuencias inmutables en el bienestar y las capacidades de la vida adulta. De hecho, la evidencia de las intervenciones –tanto la preliminar de la neurociencia como la más amplia de la psicología del desarrollo- muestra que es posible modificar las trayectorias de desarrollo autorregulatorio y de la lectura a través de intervenciones adecuadas. Esto significa que precisamos discutir y debatir la evidencia en términos de la responsabilidad social que tenemos como comunidades en las que generamos congéneres que no tienen acceso a políticas que puedan garantizar sus derechos a la salud, la educación y el trabajo. En tal contexto, la comunidad neurocientífica que dedica sus esfuerzos a los estudios de pobreza considera que su abordaje puede contribuir en forma complementaria a tales debates.

Referencias

  • Gabrieli, J.D.E., & Bunge, S.A. (2017). The stamp of poverty. Scientific American Mind, January-February, 54-61.
  • Hackman, D.A., Farah, M.J., & Meany, M.J. (2010). Socioeconomic status and the brain: Mechanistic insights from human and animal research. Nature Reviews Neuroscience, 11, 651-659.
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  • Lipina, S.J. (2016). Pobre cerebro. Buenos Aires: Siglo XXI.
  • Lipina, S.J., & Segretin, M.S. (2015). 6000 días más: Evidencia neurocientífica acerca del impacto de la pobreza infantil. Psicología Educativa, 21, 107-116.
  • Noble, K.G. (2017). Brain trust. Scientific American, March, 45-49.