Comenzamos con el libro de Michel Serres titulado Pulgarcita, publicado en 2013. Michel Serres, filósofo francés nacido en 1930 en Francia, es uno de los grandes pensadores de la actualidad. Sus reflexiones sobre la ciencia y las humanidades son muy originales, trayendo aportes que conjugan la mirada filosófica de largo plazo con observaciones lúcidas sobre el presente. Tempranamente propuso un nuevo “contrato natural” que proteja a la humanidad del desastre ecológico. En los últimos tiempos ha escrito sobre los efectos de los cambios tecnológicos, con más optimismo que muchos otros pensadores -pero con un “optimismo de combate como él lo llama, porque dice que el pesimismo no sirve para cambiar lo que anda mal.

Pulgarcita juega, desde su título, con la referencia al cuento infantil de Perrault, pero apunta también a lo que las nuevas generaciones pueden hacer con sus pulgares: manipular complejos aparatos de comunicación y de saber. Serres tiene en mente a sus nietos, y sobre todo a sus nietasEl siglo XXI, parece, será femenino: la nueva humana es una Pulgarcita que con sus pulgares escribe, dibuja y ordena con una destreza que él no puede ni imaginar. Parecen dominar el mundo desde sus celulares.

Serres se acerca a las nuevas generaciones con más sorpresa que espanto. No cree que sean “nativos digitales” como Prensky, pero sí que la tecnología digital, junto a otras dinámicas, está cambiando las condiciones de existencia de manera acelerada. El argumento de Serres avanza desde esa Pulgarcita que va a la escuela para adentrarse en la institución escolar y en los procesos sociales más amplios como la expansión de las redes, el acceso a la información y los cambios en los equilibrios de poder que ello implica.

El texto no es tibio ni moderado; al contrario, está lleno de afirmaciones taxativas que han generado numerosos debates (véase, entre otros,     http://www.medioambientesimbolico.asumearagon.es/pulgarcita-michel-serres-una-lectura-crtica-i/). 

Para Serres, estamos en tiempos de una revolución del saber comparable a la aparición de la paideia y la escuela griegas, y a la de la imprenta de Gutenberg; las instituciones tradicionales como la escuela y el teatro ya no ofrecen las condiciones para la transmisión, e incluso la transmisión parece no ser necesaria cuando el saber se ofrece a partir de un clic. Las generaciones ya no comparten un lenguaje o referencias comunes; en este nuevo contexto, a Serres le parece que todo está por hacerse e inventarse.

El filósofo parisino trae la historia de Saint-Denis, decapitado por los romanos y que asustó a sus perseguidores por sostener su cabeza en la mano y seguir camino hasta donde hoy se emplaza su Iglesia. Para Serres, las tecnologías digitales son una suerte de decapitación: hemos externalizado nuestra memoria y nuestros saberes, y los depositamos en los artefactos y pantallas que son cajas cognitivas objetivadas. Esa imagen–metáfora ordena su diagnóstico y propuesta: la humanidad cuenta con artefactos inteligentes independientes que potencian los procesos de apropiación del saber, el manejo del territorio, la comunicación y la vida misma en el planeta. La articulación productiva entre el carbono de los cuerpos y el silicio de las tecnologías digitales, activado a través de las operaciones de los pequeños pulgares, genera una revolución de efectos impredecibles y nos coloca ante un escenario que trasciende las maneras de actuar y pensar consolidadas en la modernidad.

A partir de este cuadro de situación, Serres lanza algunos desafíos a los educadores. Se pregunta al principio del texto: “Antes de enseñar algo a alguien es necesario al menos conocerlo ¿Quién se presenta hoy en la escuela, en el colegio, en el liceo, en la universidad?”. Tiene razón cuando nos alerta sobre que es difícil hacerle lugar a este conocimiento en el marco de una institución que se pregunta poco por lo que pasa del lado de nuestros alumnos.

Pero habría que decir que eso que pasa es más que la destreza de los pulgares y los resultados fascinantes que desatan en los nuevos aparatos. Pulgarcita es francesa, europea, habitante del Primer Mundo, poderosa. Su cabeza, sus deseos, están formados por los medios, por el espectáculo; virtualmente conformada, Pulgarcita va construyendo otro lenguaje, otro idioma. Se rige no por las viejas autoridades del saber sino por lo que puede hacer y lo que quiere desear. ¿Cómo educar a las Pulgarcitas?

En la parte referida a la escuela, Serres se pregunta si estamos asistiendo al fin de la era del saber. ¿Tiene lugar el saber si lo que vale es la actividad? Hoy lo que más cuenta es estar en el escenario, y el escuchar o ver se juzgan como pasivos o inútiles; hay que sacarse fotos, antes que mirarlas, o conducir el tren sin dejarse llevar. En unas pocas pinceladas, Serres realiza observaciones agudas sobre la autoridad, el cuerpo petrificado y sedentario, y las tensiones que genera la escuela en el marco de la configuración cultural dinámica actual.

A Serres estos cambios le parecen, mayoritariamente, dignos de reconocimiento y de aprobación. Cree que traen nuevas circulaciones del saber y nuevas concepciones del trabajo. Entre los ejemplos que trae, resaltamos que permiten, por ejemplo, “compartir” el dolor humano en un hospital en las redes y sentirse menos solo; dan otras posibilidades de encuentro y de amplificación de las voces ayudan a controlar a los gobiernos. Los procesos de individuación y el nuevo “ego” digital son, para Serres, menos egoístas que los viejos individuos liberales, porque se saben parte de redes más amplias.

Pulgarcita y sus congéneres están invitados por Serres a ser los productores del nuevo mundo, pero como señala nuestra pregunta inicial, habría que ver si las nuevas generaciones son “todas” Pulgarcitas, y si el futuro que se abre es tan brillante como se promete. Le parece que el mundo que abren las Pulgarcitas es mejor que el de el viejo encuentro en asambleas, o alrededor de pirámides o torres (Babel y la Torre Eiffel aparecen como símbolos de poder y centralización). Cree que lo que conforman los haces de luz que enviamos desde nuestros dispositivos digitales pueden erigirse a lo alto de manera más plural, más viva, y plantea la metáfora del “árbol en llamas”, un tronco hecho de múltiples tramas en movimiento, “novedad vivaz”. Pero la pregunta sobre si Pulgarcita sabrá caminar con su cabeza en la mano, externalizando las formas y contenidos del saber, queda resonando sin respuesta en el libro.

Vale la pena tomar algunos de sus desafíos, y también reflexionar sobre sus provocaciones, desde latitudes distintas, menos poderosas que la orilla del río Sena, y también desde un espacio que parece estar en decadencia como la escuela.

Un primer elemento que habría que resaltar es que la difusión tecnológica no es uniforme y que su irradiación es diferenciada, no solamente porque no todos acceden a los equipos sino también por la desigual velocidad y profundidad de las conexiones, y por los distintos niveles de complejidad o destreza en el uso de los dispositivos. Hay también una desigualdad de posiciones: no todos fueron o son educados con el mandato de “dominar el mundo” como Pulgarcita.

La preocupación ecológica está, quizás llamativamente considerando los escritos anteriores de Serres, ausente en este texto. Las tecnologías no siempre ayudan a un mundo más sustentable o más hospitalario con las nuevas generaciones; el circuito mercantil las vuelve obsoletas muy rápidamente y los desechos tecnológicos (la “chatarra electrónica”) son uno de los grandes desafíos de las políticas de protección ambiental.

Serres describe a su Pulgarcita mirando por sobre el río Sena, quizás hacia Egipto, y llevándole la buena nueva a los turcos, íberos, magrebíes, congoleses, brasileños, como dice en su último párrafo. No habla de la crisis de los refugiados, ni del incremento de la desigualdad entre y dentro de los países en las últimas dos décadas. Esas tecnologías que él celebra han contribuido a que el 1% más rico del mundo tenga tanta riqueza como el 50% más pobre. ¿Son las tecnologías neutrales al respecto? ¿Es neutral qué y cómo digitamos en nuestras pantallas? No lo creemos.

En el libro, Serres dice poco sobre la responsabilidad de la escuela y de los educadores de ayudar a pasar de la información al conocimiento. Confía en que los códigos y algoritmos generarán condiciones más horizontales de participación en la cultura y la sociedad, pero no dice cómo se van a producir y distribuir las capacidades analíticas y críticas para una participación plena en el mundo digital, y no solamente como consumidores de los códigos y algoritmos que producen unos pocos. Pone al saber escolar del lado de la información acabada, cerrada; no piensa que pueda tener que ver con un tipo de actividad intelectual, o que represente algún desafío cognitivo y ético. No parece hacer justicia a lo que pasa muchas veces en las escuelas de hoy, donde más de un maestro logra activar preguntas y generar producciones de conocimiento valiosas y relevantes para las nuevas generaciones.

Quizá la fuerza o la sugestión del planteo de Serres esté en la radicalización de las propuestas que a diario nos hacemos quienes estamos en el ámbito de las instituciones escolares. Muchas de sus preguntas y provocaciones tocan de cerca los problemas que enfrentamos. Pero ante el panorama que plantea, habría que recordar que en las escuelas no todo sigue igual que en el siglo XIX, y que lo que vemos del siglo XXI, hasta este momento, muestra más matices y claroscuros que lo que ofrecen las pantallas de retina homogéneamente brillantes. Hay cambios, hay mutaciones, hay transformaciones, algunas intencionales y otras producidas por los cambios del entorno y el cambio tecnológico.

Hay que mirar esos cambios más de cerca, sin prejuicios pero también sin adherir a falsos paraísos. Pulgarcita es una buena provocación para acercarse a este tiempo, y construir una posición propia. En nuestro caso, queremos que sirva para reinventar la escuela, no para demolerla. Hay que “confrontar activamente”, como decía Hannah Arendt, con el presente que nos toca, buscando dialogar y poner en tensión los ideales con lo que nos toca vivir. Bienvenidos, entonces, trabajos como el de Michel Serres para darnos nuevas fuerzas e ideas para ese trabajo.

Si está mutando en Pulgarcita y ya no quiere leer, puede ver: https://www.youtube.com/watch?v=4-LHiGq8QLI