Rosa María Velayos Pastrana es directora y acompañante de Primaria de Mayrit Escuela Activa. Estudió Maestro de Lenguas Extranjeras, Especialidad de Inglés, en la Universidad Complutense de Madrid. Compaginó sus estudios de Educación con los de Arte Dramático. Ha dedicado sus veinte años de experiencia como maestra a investigar y buscar enfoques pedagógicos que respeten a las niñas y niños, y les conviertan en verdaderos protagonistas de sus aprendizajes.

Silvia Guerrero Moreno es profesora Titular de Psicología Evolutiva y de la Educación en la UCLM, en la Facultad de Educación de Toledo, donde actualmente desempeña el cargo de Vicedecana. Imparte docencia en los grados en maestro en Educación Infantil y Primaria, así como en el Máster en Investigación e Innovación Educativa y en el de Psicología Aplicada. Su trabajo de investigación se centra principalmente en diferentes aspectos del desarrollo sociocognitivo y emocional durante la niñez.


Cada vez es más frecuente encontrar a profesionales de la educación que comprenden que cada niño tiene su ritmo de desarrollo y que respetarlo contribuye a fomentar la seguridad en ellos mismos y en sus propias capacidades. Un aspecto central en esta línea consiste en tomar conciencia de que los niños tienen ritmos diferentes a los de los adultos. Esto se manifiesta en diferentes ámbitos de su desarrollo, pero es especialmente importante en el terreno de la comunicación. En este sentido, la escucha activa es una de las piezas clave de las metodologías activas, en las que los niños se consideran los auténticos protagonistas de su aprendizaje y las enseñanzas se organizan en torno a los intereses particulares de cada uno de ellos, respetando sus ritmos y necesidades emocionales, sociales y cognitivas.

¿Qué es la escucha activa?

Es escuchar de Verdad (con mayúsculas). Escuchar de manera consciente y voluntaria, sin prisa, prestando atención a aquello que nos está narrando la persona; no solo a sus palabras sino también a sus gestos, a su postura corporal, a la situación en que se produce esa comunicación, con el fin de comprender aquello que nos está intentando transmitir más allá de las palabras que está empleando. Es activa porque para asegurarnos dicha comprensión, participamos activamente preguntando, constatando y aclarando con la otra persona que aquello que estamos comprendiendo de su mensaje coincide con lo que realmente pretende hacernos llegar. Para ello es primordial mantenernos al margen del juicio personal, tomando consciencia de las reacciones que el mensaje pueda estar generando en nuestro interior y pudiendo expresarlo de forma asertiva y libre de juicio. Implica mostrar a la persona con la que te estás comunicando que para ti es importante aquello que te cuenta.
Es fundamental no juzgar de ningún modo el mensaje que te está transmitiendo, ni censurar; pero tampoco premiar: el acto de escuchar tiene entidad en sí mismo y no necesita de elementos externos (premios o castigos) que le den valor.

Y todo esto debe suceder incluso aunque no se comparta el punto de vista del contenido de la información. Cuando escuchamos activamente dejamos que el otro se exprese libremente, aun cuando consideremos que no es la manera en la que nosotros lo haríamos, respetando su turno y mostrando aceptación hacia esa forma de expresión. Para conseguir todo esto, nuestra postura corporal, nuestra mirada, nuestras palabras, deben estar en consonancia con esa actitud de deferencia y atención al otro. En definitiva, la escucha activa implica atender al otro de manera global.

Beneficios en el aula

Escuchar de manera activa entraña numerosos beneficios para las personas que la ponen en práctica en su trabajo o en su vida diaria. Sin embargo, es quizá en el aula donde la escucha activa pueda mostrar todo su potencial de una manera casi inmediata. Cuando un maestro toma conciencia de la importancia de esta habilidad y decide ponerla en marcha en su clase, los resultados positivos y beneficios comienzan a verse desde temprano, entre ellos:

  • Permite al profesor entender y conocer qué pasa por la cabeza del niño en una situación determinada y cómo está entendiendo en ese momento la realidad que está viviendo, que frecuentemente no coincide con lo que los adultos interpretamos.
  • El niño siente seguridad en ese maestro que le escucha de verdad, ante el que poco a poco se irá abriendo y mostrándose tal y como es, pues entiende que no se le censura ni se le coarta su libertad de expresión.
  • Posibilita al profesor conocer realmente a la persona que tiene delante: cómo es ese niño con el que trabaja y convive día tras día, sus inquietudes, sus miedos, sus preocupaciones, sus motivaciones, sus intereses curriculares…
  • Supone un ejemplo beneficioso para el resto de personas que en el aula observan ese acto de escucha activa pues se está ensalzando un aspecto fundamental en la comunicación humana: el respeto. Además, se transmite implícitamente para el resto de alumnos el mensaje de que escuchar al otro es fundamental para avanzar. Es frecuente que en un ambiente donde los maestros despliegan su capacidad de escuchar activamente y comunicarse de forma respetuosa y libre de juicio, los niños comiencen a desarrollar también esta habilidad de manera natural. Por ejemplo, es habitual que en aulas multigrado los mayores se agachen para ponerse a la altura visual de los pequeños cuando les hablan.
  • Da al adulto la oportunidad de poner límites de manera calmada, serena, y ejercer la autoridad, que no el autoritarismo, al tiempo que se muestra abierto a las reacciones de los alumnos y su posible desacuerdo.

¿Qué NO ES escucha activa?

Sin embargo, en nuestra rutina es poco frecuente que al interactuar y comunicarnos con los demás, manifestemos habilidades de escucha activa de manera natural. Si hiciéramos un ejercicio consciente de observarnos cuando nos comunicamos con diferentes personas a lo largo del día, es probable que nos sorprendiera la cantidad de errores que cometemos y que nos alejan de esa escucha activa que tanto puede potenciar una buena comunicación. Entre estas prácticas nada beneficiosas son frecuentes:

  • No dejar terminar a nuestro interlocutor su argumento o idea. Esto es especialmente frecuente al interactuar con niños, especialmente si son muy pequeños: ellos necesitan tiempo para expresarse completamente y nosotros, como adultos, en muchas ocasiones acabamos y completamos sus discursos. No reparamos en que, a veces, con dedicarles unos segundos más de escucha es suficiente para que se expresen por completo, a su ritmo.
  • Nuestro cuerpo se va mientras aún conversamos con otras personas: si la analizamos de manera aislada y fuera de contexto la postura que adoptamos (como si fuera un fotograma), se interpretaría como la de alguien que se va. Esto es la consecuencia de dos aspectos relacionados: por un lado, la falta de tiempo que suele caracterizar el día a día del maestro y, por otro, la realización de varias actividades al mismo tiempo, en paralelo, que impide focalizar la atención en un solo aspecto.
  • Nuestra mirada no conecta con el interlocutor. El contacto ocular es un claro signo de atención: si alguien nos mira mientras hablamos tenemos bastante garantía de que está captando el mensaje que le enviamos; pero si esto no sucede, la incertidumbre sobre si nuestro interlocutor nos está atendiendo es muy alta. En el caso de los niños se suma, además, la diferencia de altura cuando el interlocutor es un adulto: si no bajamos a su altura nuestra mirada siempre parte de un punto físico más alto, lo que no favorece la conexión comunicativa.


¿Cómo escuchar activamente? 5 claves fáciles de poner en práctica en el aula

Como decimos, la mayoría de las personas no solemos desplegar la escucha activa de manera natural porque no estamos bien entrenados para ello; esta habilidad requiere un entrenamiento y una toma de conciencia para que podamos ponerla en marcha, siendo auténtica y efectiva. En la actualidad es relativamente fácil encontrar profesionales expertos en este ámbito y cada vez son más los profesores que incorporan exitosamente dentro de sus herramientas personales la escucha activa para ponerla a prueba en el aula. Siendo conscientes de la dificultad de abarcar aquí todos los aspectos centrales de la escucha activa, destacamos 5 claves de esta habilidad, que pueden ser relativamente fáciles y rápidos de poner en práctica en el aula por un profesor interesado en ello:

1. Tiempo

Escuchar activamente implica dedicar el tiempo necesario y que demande cada acto comunicativo, sin perder de vista la disponibilidad real de cada uno, pudiendo expresarlo de forma respetuosa y generando un encuadre adecuado a la situación si fuera preciso, cuidando de esta manera también la calidad de ese tiempo. Si hemos decidido escuchar activamente al niño debemos ser conscientes de que eso implica dedicarle un tiempo que quizá antes no dedicábamos a ello, porque en el aula apremiaban más otras acciones. Una escucha activa es imposible de materializar si no pausamos nuestro ritmo adulto y nos acoplamos al ritmo del niño.

2. Interés

Debemos hacer entender al niño que nos interesa aquello que nos está contando. Además de que nuestro cuerpo se coloque en una postura receptiva para escuchar, y esto lo complementemos con acciones como asentimientos con la cabeza o vocalizaciones, un aspecto clave es la mirada. Una comunicación en la que el adulto mira desde arriba al niño genera una situación de superioridad que no propicia la relación de cercanía y apertura que estamos buscando: para ello es favorable ponerse a su altura, de igual a igual, mostrándole así que toda nuestra atención, en ese momento, es para él y para el mensaje que quiere transmitir.


3. No juzgar (ni la forma ni el contenido)

Siempre y cuando se garantice una expresividad no violenta hacia sí mismo o hacia los demás, es fundamental permitir que se exprese libremente, sin censuras. Es importante respetar la emocionalidad con la que el niño manifiesta aquello que quiere contar, pues también da información relevante que podemos tener en cuenta sobre su desarrollo o su estado de ánimo. Se debe permitir, por tanto, que el mensaje se emita desde la tranquilidad, el enfado, la alegría, la tristeza… El niño aprende así que siempre y cuando lo haga con respeto, es admisible tener diferentes sentimientos y manifestarlos de manera asertiva.

4. Mensajes yo

Mostrar interés y no juzgar no implica necesariamente estar de acuerdo con el contenido del mensaje o incluso la forma en la que nos lo transmite nuestro interlocutor. Si consideramos oportuno intervenir en un conflicto o en la conversación, es preferible hacerlo en primera persona, desde yo. Así, las impresiones, puntualizaciones o todo aquello necesitemos expresar lo haremos desde nuestra posición, evitando así juzgar, sentenciar u objetivar una opinión o postura personal.

5. Evitar soluciones o consejos

Es habitual que cuando alguien nos cuenta un problema, intentemos ofrecer soluciones e indicar cómo debería actuar el otro, incluso cuando éste nunca nos pidió consejo. En el caso de los niños, esto es aún más frecuente: cuando nos cuentan un problema es muy habitual que los adultos les indiquemos qué hacer, o no hacer, y cómo. La escucha activa nos permite detectar si es urgente ofrecer una solución al niño o podemos, sencillamente, escuchar cómo expresa sus ideas y sentimientos, mostrándole que lo que nos dice, en sí mismo, es relevante para nosotros y capta nuestro interés. Cuando la persona se siente escuchada y, sobre todo, cuando se escucha a sí misma, acostumbra a dar con sus propias soluciones o respuestas, ya que dicho proceso comunicativo facilita la asimilación de la situación, su integración y, a menudo, trascenderla.