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En nuestra primer nota de esta serie trabajamos sobre escenarios y futuros posibles para las escuelas. Esta nota queremos centrarla en el papel de las escuelas como mediadoras culturales en el contexto contemporáneo, en el marco de esos escenarios y de esos ejercicios prospectivos.

Al hacer el relevamiento de las opciones de futuro para las escuelas, nos inclinamos por una alternativa que es a la vez una apuesta a construir colectivamente: en nuestra perspectiva se impone una visión de una escuela renovada con lo tecnológico, transmisora de legados culturales potentes, en la que los nuevos dispositivos permitan, aumenten y expandan las posibilidades de aprendizaje.
 
Presentamos algo que podría llamarse una mezcla de lectura de los escenarios, de nuestros deseos, que contienen un compromiso con la construcción de instituciones que puedan responder a los desafíos de su tiempo.
 

Transformaciones necesarias 

 
Esta apuesta formulada como compromiso supone una serie de transformaciones y un replanteo profundo de su papel en el mundo que vivimos, así como un reconocimiento de que los formatos configurados en un entorno no dan respuestas acabadas y satisfactorias cuando se está configurando otro.
 
Las transformaciones necesarias suponen partir de la trayectoria, de un recorrido, de una experiencia de las escuelas. Nada se crea desde la nada. Las culturas institucionales no se borran por un acto de voluntad. Las tradiciones pedagógicas, las rutinas, los ritos no se pueden suprimir de un día para otro.
 
Las transformaciones necesarias suponen una contextualización, un posicionamiento y un diálogo activo con el espacio próximo, en el reconocimiento de las características económicas, sociales, culturales de la población con la que interactúa. Y hay que decir que durante mucho tiempo las escuelas estuvieron más atentas a la transmisión de su programa institucional que a mirar el entorno y a enriquecerse en el diálogo con sus actores.
 
Las transformaciones necesarias suponen un cambio en el modelo de mediación cultural. Las escuelas cumplieron en la modernidad un papel como mediadoras culturales transmitiendo los códigos civilizatorios del patrón urbano – letrado – industrial. Respondían acabadamente a la transmisión de la alfabetización clásica. En el actual contexto, aunque ese rol mediador no haya desaparecido, se imponen nuevas tareas y desafíos, nuevas alfabetizaciones. A la clásica se agregan las derivadas de las necesidades y demandas del siglo XX relacionadas con la formación para el trabajo y el desempeño ciudadano. Al transitar el siglo XXI, irrumpe el imperativo de la formación digital y audiovisual, y de un conocimiento reflexivo sobre la tecnología y sobre las transformaciones y desafíos del planeta.
 
Partir de una trayectoria supone saber leer la historia institucional, los signos distintivos de una identidad, las formas determinantes de la “performance ritual” que es la escuela, no para quedarse en la repetición sino para plantear las “rupturas pactadas” que innoven, cambiando patrones para adecuarlos a los nuevos contextos. 

 

Dialogar con el contexto

 
Situarse, dialogar con los contextos, implica también establecer una distancia crítica, una función de filtro, una selección en relación a las tendencias y cuestiones de época. En ese plano quizá la escuela juegue un papel “contracultural” siendo que los rasgos dominantes de las sociedades actuales se caracterizan por la velocidad, el entretenimiento y el abordaje de superficie de muchas temáticas. Partir de los datos, elementos o cuestiones del “afuera escolar” supone analizarlos, discutirlos, ponerlos en otros contextos de trabajo y reflexión. Implica generar un proceso de transmisión basado en la reflexividad, con un tiempo detenido, un pensar dilatado, sobre los procesos de argumentación e intercambio, con aproximaciones sucesivas, que sometan a prueba las explicaciones que se dan sobre el mundo.
 
Ese enlace entre el  afuera/adentro escolar a través de la identificación de cuestiones significativas y su problematización requiere una cultura institucional abierta y crítica; permeable y con discernimiento; dialogante y con identidad propia. Hay que superar el modelo de una escuela cerrada, que se siga pensando como un templo inconmovible del saber, con una lógica reducida a ciertos contenidos tradicionales. Ese no puede ser el camino para un desempeño activo y transformador.
 
La escuela debe dialogar con lo emergente. Pero esa relación con el afuera, esa aula sin muros que imaginaba Mc Luhan, debe todavía generar filtros y plantear rupturas cognitivas y culturales con el entorno. No puede ser una escuela mimetizada con los ritmos de la sociedad actual ni con las poblaciones que atiende. Debe generar un proceso de ruptura cultural con las prácticas dominantes en el mercado y en los medios de comunicación.
 
Ello supone generar otros espacios, otros tiempos, otras dinámicas. Supone poner a los alumnos frente a otras oportunidades de aprendizaje. Supone poner a los alumnos frente a saberes y prácticas que en el medio social no se encuentran disponibles.
 
La escuela debe hacer una diferencia. Debe producir un agregado de valor a los saberes que hoy están disponibles, ayudar a construir una posición diferente en relación con el conocimiento y con el mundo, no como un repliegue a las prácticas clásicas del mundo letrado, sino poniendo esas prácticas en los nuevos contextos y dialogando con los elementos emergentes de la cultura digital. En esa construcción convivirán pantallas y libros, en una hibridación creativa, en una mixtura pedagógica que requiere inventiva y un proyecto intencional. En esa construcción surgirán nuevos espacios para desarrollar practicas libres e interesantes en relación a objetos de la cultura insertos en bibliotecas, salas de laboratorios y experimentación, etc. La construcción de estos procesos implica adultos competentes y preparados, con una distancia cultural fundante de los hechos de transmisión.
 
Esa es la base de la autoridad pedagógica, de una asimetría que debe seguir reivindicándose. Puede recordarse al respecto lo que decía Paulo Freire sobre la importancia de sostener un lugar-maestro, ante la demanda de convertirse en tía-colega. El lugar de los maestros es el de abrir puertas y colocar señales.
 

Aunque las instituciones, conforme al contexto de las redes contemporáneas, tomen formas cada vez más horizontalizadas, la asimetría sustentada en la profesionalidad y en la referencia adulta no puede ser suprimida.


 
En el actual contexto, esto no es una imposición natural. Debe ser trabajada y construida. El espacio escolar será el lugar de la palabra y de la imagen, el espacio de la simbolización y de lo icónico, el tiempo de pensar en las inscripciones de la cultura, en el pasado y la memoria colectiva, y en los distintos campos de saberes que se han ido constituyendo en esa historia, para producir y atender a las nuevas invenciones.
 
La escuela abierta a lo nuevo debe generar alfabetizaciones simultáneas en los campos letrado y digital. Además debe recuperar algunas demandas que fueron planteadas con fuerza en el siglo XX: la referida a la formación para el trabajo y para el desempeño ciudadano. En el primer caso con las dificultades de un mundo en el que reina el desempleo de masas. En el segundo caso con los desafíos de la vida en común, la convivencia y el vivir juntos en la diversidad.
 
Esto supone regulaciones y acuerdos. Supone leyes y flexibilidad. Supone una democracia reflexiva y consciente que se aprende en la vida cotidiana. Al respecto, hay mucho por pensar sobre las tensiones contemporáneas de la democracia. En el mundo de internet, de la instantaneidad y la rapidez, existen tendencias crecientes a la individualización de la referencia y al encierro privatista. La escuela es uno de los pocos espacios públicos que se preservan como tales. Esta constatación la transforma en lugar de ejercicio y práctica ciudadana y democrática, en ágora. La escuela se constituye en el espacio que es simultáneamente un lugar para el aprendizaje reglado y para ser y estar en libertad. Estas reformulaciones implican un serio replanteo del trabajo de los adultos. Implica un nuevo profesionalismo colectivo para la docencia.
 
Sobre estos temas rondará la nota siguiente.