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Hoy, tal vez más que nunca, supone una responsabilidad incuestionable repensar la convivencia en los centros educativos. Y esta tarea no puede, ni debe, concebirse como una acción meramente burocrática, asociada a la obligación de dar cuenta a los requerimientos normativos y a las administraciones educativas con la elaboración de documentos de escasa imbricación en la vida cotidiana de las comunidades educativas y muy discreto recorrido e impacto en el contexto de las relaciones que se desarrollan en el día a día.
 
A juicio de quien suscribe y sin perjuicio de otros factores importantes, no es difícil detallar algunas de las causas que justifican esta necesidad:
 
En los últimos veinte años, la escuela ha perdido parte de su capacidad para influir adecuadamente en su alumnado. Como la ha perdido también la familia. El acceso fácil e indiscriminado que nuestros chicos y chicas tienen a modelos y formas de interpretar la realidad (e interactuar con ella), sin apenas contraste con el mundo adulto, no explica todos los efectos indeseables en su comportamiento relacional ni el modo en que se instauran, pero sí algunos, no pequeños precisamente. Y los centros educativos deben recuperar un protagonismo imprescindible en la propuesta y ejercicio de modelos de convivencia democrática. Basados siempre en patrones que apuestan por el diálogo, la resolución pacífica de los conflictos, el aprendizaje cooperativo y las propuestas de aprendizaje-servicio, entre otros.
 
El valor que se da a (y el modo en que se dan) las relaciones interpersonales en la actualidad. La irrupción de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) en los mecanismos y patrones que utilizamos (también nuestros adolescentes, claro) para la relación entre las personas dibuja impactos paradójicos, que hacen simultanea la facilidad con que llegamos hoy a casi cualquier cosa (y personas) con un oscuro escenario en el que conviven la pérdida progresiva de la interrelación y el contacto cara a cara, la hiperconectividad y determinados riesgos nada desdeñables. Y, en el caso de nuestros chicos y chicas, con algunos impactos inquietantes en factores ligados a la salud mental.
 
Y, por supuesto, el modo en que hoy vivimos, trabajamos y organizamos nuestras vidas. Sobre todo los adultos. Que nos siempre, por decir algo, tiene que ver con las necesidades de trato, cuidado y educación que conlleva ser padres y madres. Y la repercusión que tiene en las relaciones y la convivencia en las casas y al tiempo que se dedica a estar y hacer cosas juntos, a charlar, a debatir; a convivir, en definitiva.
 
Las condiciones en que crecen nuestros chicos y chicas en su entorno familiar. Representa un hecho preocupante la proyección de hogares que presenta el INE para 2014-2029. Cada vez menos hijos en casa, muchas horas de trabajo fuera de casa de los padres y escenarios de convivencia marcadamente a la baja.
 
Los centros educativos, en todas sus etapas, deben abordar decididamente la promoción de la convivencia pacífica y la detección e intervención rápida, congruente, educativa y efectiva en situaciones de conflicto y, por supuesto, en aquellas que trufan su realidad con comportamientos violentos.
  1. Promover la convivencia pacífica y democrática entre todos los integrantes de las comunidades educativas y prevenir la violencia y el maltrato entre compañeros (incluido el que se da en el interior de los contornos físicos de los centros y, también, el que anida y se expande en los senderos virtuales que proporcionan las TIC) es, evidentemente, cosa de todos: (1) del entramado social, con especial relevancia a los contenidos marcados por medios de comunicación y redes sociales, que marca las referencias de valores y contravalores, (2) del contexto familiar que nutre desde el principio de la vida las mentes y los corazones de los que hoy son y serán mañana nuestros alumnos y también, por supuesto, (3) de lo que se genera y vive en los centros educativos en la enseñanza reglada. Y ahí surge la convivencia, la gestión de los ineludibles conflictos que las relaciones interpersonales conllevan, y por supuesto la prevención, detección e intervención de situaciones generadoras de dolor y sufrimiento.
  2. Promover la convivencia en los centros educativos no puede ser un objetivo más a planificar y desarrollar en los centros educativos. Es, probablemente, el eje sobre el que puede y debe girar y articularse la acción educativa en su conjunto. Es un camino, un sendero a construir y cuidar con mimo porque, entre otras cosas, los procesos que se desarrollan cada día en las aulas se asientan en confluencias y relaciones interpersonales que pueden animar y afianzar los aprendizajes o, por el contrario, lastrarlos de manera concluyente.
  3. Las comunidades educativas, con el liderazgo de los equipos directivos deben revisar sus planes de convivencia. Y esto pasa por hacer un análisis de la realidad y testar cómo conciben, sienten y experimentan la convivencia todos los agentes: alumnado, padres y profesorado. Es necesario reflexionar expresamente sobre qué se está haciendo específicamente en este ámbito. Y qué no se está haciendo. Evaluar la convivencia y el clima social del centro representa un elemento fundamental en la vida de los centros y en su planificación anual. La idea pasa por indagar de manera profunda en elementos sustanciales, tales como las relaciones entre alumnos, entre alumnos y profesores, entre profesores y padres, tipología de conflictos…
  4. Los planes de convivencia deben priorizar objetivos que permitan conocer a toda la comunidad educativa qué se pretende y hasta dónde se entiende necesario ir. Promoviendo la seguridad, la formación, la toma de decisiones efectiva para la mejora de los planes de acción tutorial, la creación de equipos específicos para la gestión integral de las actuaciones, el fortalecimiento de las actuaciones para la potenciación de los valores pro-sociales, empatía y ayuda entre iguales, y el tratamiento eficaz de la comunicación de las acciones entre todos los miembros y agentes de la comunidad educativa.
  5. Los principios de información y transparencia y el objetivo de comunicación eficaz de lo que se pretende son elementos clave en la operativa de planificación y puesta en marcha de cualquier programa de prevención. Pensar juntos, planificar, explicar las ideas y acciones a implementar y hacerlas conocidas, visibles y explícitas para todos.
  6. La acción tutorial, y el diseño y desarrollo de los planes que la definen, son elementos esenciales en la definición y gestión de la convivencia. Todo es debatible. Pero no la acción tutorial. Ésa que no se ejercita siempre. Ésa que a veces pasa desapercibida, ausente de tiempos y espacios específicos para pensar de modo explícito en determinadas cosas, debatir sobre ellas, dialogar, construir conjuntamente. ¿Cómo sustituir el día a día, la acción explícita de observar, de contrastar, conversar, dinamizar y llegar al corazón de los alumnos con nuestro ejemplo, con el modelo de afrontar los retos, las dificultades, la escucha, los conflictos, la reparación, la reconciliación o el perdón? Resulta necesario definir de manera explícita los horarios de tutoría en educación primaria. Y valorar la necesidad de tiempos y espacios específicos para el trabajo de los equipos docentes en educación secundaria. Si queremos hacer bien las cosas. es necesario, hoy más que nunca, poder hablar con y de nuestros alumnos, de los que compartimos varios profesores.
  7. Es imprescindible fomentar el protagonismo del alumnado en la promoción de la convivencia pacífica y en prevención del acoso escolar y en la información y sensibilización de la comunidad educativa. Los alumnos que ayudan, desde la perspectiva del modelo de Aprendizaje y Servicio.
  8. El programa para la prevención del acoso escolar en los centros educativos es, hoy, un elemento esencial a incorporar en los proyectos y planes educativos y, en especial, en los planes de convivencia; y debe articularse en torno a principios de participación y trabajo compartido entre los diferentes miembros de las comunidades educativas. Y de compromiso e implicación en la gestión colegiada y reducción de los conflictos interpersonales pero, especialmente, de los que surgen del desequilibrio entre las partes; de creación y desarrollo de estructuras funcionales operativas, ágiles, con funciones claras y conocidas por todos; de información y transparencia; de protocolización de las actuaciones; de visibilización de las mismas; y de evaluación permanente de las actuaciones.
  9. La necesidad de gestionar bien los procesos. Y documentarlos siempre. Dar importancia a la seguridad jurídica de los procedimientos desarrollados. Los centros educativos han de hacer. Y hacer bien, por supuesto. Y documentar lo que hacen. En todo momento. Desde las actuaciones más sencillas a las más complejas. Este es también un elemento imprescindible.
  10. Sin perjuicio de otros elementos imprescindibles, asimismo, como la capacidad para automotivarse, la autodisciplina y el esfuerzo. Hoy también, probablemente más en nunca hasta el momento, es necesario incorporar la ternura, la amabilidad y el afecto en el acto educativo. Sin ternura no hay mirada cómplice. Y sin mirada cómplice, la educación está perdida. Porque la confianza y la ilusión son motores incombustibles. E imprescindibles. Ni tarimas, ni autoridad por ley. Ni hábitos o tics trasnochados de falso respeto. Afecto en la acción. Ternura en el trato. Comprensión. Apoyo, guía y mano tendida. 
Todo esto no es solo responsabilidad de los centros educativos, por supuesto. Los padres tienen un papel protagónico y decisivo. Pero si de verdad nos preocupa qué hacen, pero sobre todo, qué van a hacer nuestros chicos y adolescentes en sus relaciones interpersonales, hemos de afrontar el asunto como un reto educativo. Y preguntarnos qué hacemos también nosotros, sus profesores. Cómo concebimos nuestra tarea. Porque se trata de educar. Y educar para la vida. Convivir es aprender a vivir con. Sin, duda, pero también aprender a vivir con nosotros mismos. Evaluar nuestra mirada. Lo que hacemos y sentimos. Nuestras expectativas. Lo que nos piden y nos dicen nuestros chicos y chicas. En la construcción personal. Y educar, también, para la vida con los demás. En el contexto de las relaciones, de la manera de percibir a los que nos rodean, del concepto y experiencia de amistad, o interacción. Educar en la ética de las relaciones. En el respeto como corazón de un tejido tan vivo como un cuerpo humano. Y en este proceso, por supuesto, son necesarios los mimbres que aportan los centros educativos.