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Los desafíos de la transmisión en la cultura digital
 
En una película reciente que relata el trabajo de una profesora con un grupo de estudiantes de los suburbios parisinos para que se interesen y estudien la experiencia de la deportación y el Holocausto en la Francia ocupada por los nazis(Los herederos, Marie-Castille Mention-Schaar, Francia, 2014), hay una escena que se repite: los profesores y preceptores/prefectos insistiendo en sacar los auriculares a los estudiantes, que una y otra vez resisten esa orden e insisten en ponérselos. Esta misma escena aparece en otras dos películas, una italiana y otra argentina, que retratan escenas contemporáneas en las escuelas secundarias (Ilrosso e ilblu, Giuseppe Picconi, 2012, y Después de Sarmiento, Francisco Márquez, 2015).
 
Esas situaciones no resultarán extrañas a quienes trabajan con jóvenes, y también, crecientemente, con niños, que cada vez más tienen acceso a las tecnologías digitales portables (tabletas, teléfonos celulares, reproductores de música). Los audífonos son hoy parte del ‘vestuario’ juvenil, y así como antes se insistía en que no se usaran gorras o maquillaje, hoy la “batalla” parece darse sobre el control de la escucha y la atención. Contra lo que se difunde en el sentido común contemporáneo, los niños y jóvenes son captados en su atención, sólo que en direcciones distintas a las de antes. 
 
Parece una escena nimia, y sin embargo es sintomática de los desafíos que enfrentan hoy maestros y profesores por lograr interesar a los estudiantes por lo que dicen las figuras adultas en la escuela, y más aún por lo que dice el currículum. Si ya Herbart hablaba de la dificultad de hacerlo en el siglo XIX, hoy capturar la atención y concentrar la escucha en asuntos escolares se vuelve una tarea más difícil en el marco de tecnologías y medios muy estimulantes que conectan con múltiples conversaciones y textos, que valoran la velocidad y la rapidez, y que prefieren la mirada rápida y de superficies a las búsqueda arduas en las profundidades.
 
Se repite: los contenidos tienen que ser dinámicos, la propuesta personalizada e ‘interactiva’ (aunque nadie sepa bien qué es eso más allá de repetir clicks); frente a esto, no quedan bien parados ni la lentitud de los horarios escolares ni la estructuración de los programas–que son, al fin de cuentas, acuerdos sociales amplios sobre qué hay que enseñar, y por lo tanto no son tan susceptibles de descarte y renovación inmediata como la actualización de una app-.
 
Como comentábamos en la nota I de esta serie, para algunos la respuesta es fácil: reemplazar a la escuela con plataformas de gestión de contenidos donde los estudiantes puedan encontrar lo que les interesa de manera rápida y eficiente, y a los maestros con algoritmos que permitan orientar a los alumnos en esa búsqueda. Sosteníamos entonces que, para no perder ese invento maravilloso que fue la escuela como espacio público de trabajo con el conocimiento, hay que apostar de manera más profunda por recrear el encuentro entre generaciones en la transmisión y renovación de la herencia cultural en estas nuevas condiciones. En esta nota, quisiéramos detenernos sobre los desafíos de la transmisión (que sigue siendo nuestra responsabilidad, en el sentido de legar y habilitar mundo (s) a las nuevas generaciones) en la cultura digital, y plantear algunas posibles líneas de trabajo pedagógico para promover ese encuentro, con audífonos y sin ellos.
 

Transmisión y reproducción cultural 

 
En primer lugar, son muchos los que dicen que la transmisión y la reproducción cultural (que no son lo mismo pero están emparentadas, porque son formas del legado de las viejas a las nuevas generaciones) se volvieron un trabajo más arduo y más azaroso en la cultura digital. 
 
Zygmunt Bauman, sociólogo polaco recientemente fallecido, señalaba en La modernidad líquida (2001) que lo efímero y transitorio crece en importancia y valor sociales en desmedro de la perdurabilidad y el largo plazo. En otro texto, referido a los retos de la educación, enfatizaba las dificultades para establecer los “referentes estables” a trasmitir.  Habría que señalar todavía otra paradoja mayor: las tecnologías digitales permiten la captura de lo efímero, del instante, y lo archivan con mucha más precisión. Esta época se caracteriza, quizás como ninguna otra, por una producción de registros de la experiencia humana en muchas dimensiones que antes no eran accesibles. Tenemos las tecnologías para registrar instantes casi todo el tiempo: el uso de las cámaras de los celulares y los posteos en las redes sociales lo atestiguan. Pero también están los datos que producen nuestras tecnologías sin que tengamos conciencia de ellos: se convierte en información (grabada y procesada para vender a las grandes compañías de marketing), quedan los registros de adónde vamos, por dónde circulamos, dónde nos detenemos y cuánto tiempo, con quiénes conversamos, cuáles son nuestros gustos y preferencias, y hasta nuestros secretos. Este ‘impulso archivador’, como lo llaman algunos, por su dimensión, excede a las posibilidades humanas de ser procesado; de ahí que se hable de la producción de ‘registros amnésicos’, de registros destinados a ser olvidados muy pronto, como la enorme cantidad de fotos que sacan muchos jóvenes en los eventos sociales, o nuevas redes como Snapchat que funcionan precisamente con la promesa de borrar esos registros de manera inmediata. La paradoja, entonces, es que hay una inédita capacidad de producir registros y memorializar eventos, pero al mismo tiempo está en declive la capacidad y la voluntad de convertirlos en memoria para transmitir a otros, para perdurar más allá del instante efímero.
 

Los contenidos

 
En segundo lugar, hay un debate sobre los contenidos de la transmisión. Señaló Gunther Kress en El alfabetismo en la era de los medios de comunicación (2005) que ya no preocupa la reproducción de un legado porque lo que hace falta en estas nuevas condiciones son competencias para ubicarse en estas condiciones, estos objetivos, esta audiencia. Algunas de esas ideas fueron traducidas en currículos por competencia, que, sin embargo, tuvieron dificultades en lograr interesar más y resolver el problema de la transmisión, quizás debido a que no consiguen proponer caminos interesantes pero quizás también porque la propia idea de competencia, desgajada y abstraída de contextos específicos de prácticas, no es fácilmente apropiable en las condiciones que hoy ofrece el contexto escolar. También podría decirse que hay algo intrínseco a las competencias que enfatizan la importancia de ubicarse en un contexto pero no necesariamente se preguntan por enseñar cómo trascenderlo o vincularlo a otros tiempos o espacios.
 
escuelaOtra traducción posible de cómo resolver las dificultades de la transmisión es renovar los contenidos acercándolos a lo que ofrece la cultura de masas, que sí parece saber cómo capturar la atención y la escucha –nuevamente, puede ponerse el ejemplo de los audífonos o de la atención concentrada, inmersiva, en los videojuegos. Resulta interesante seguir en este tema a Carlos Monsiváis, crítico cultural mexicano, que decía en Las alusiones perdidas (2007) que lo que antes producía una lectura furtiva, ‘robada’ a la siesta o a la vigilancia familiar, hoy lo produce StarWars, aunque de otro modo. Monsiváis alerta que las referencias de las industrias culturales (la televisión, y hoy los YouTubers o los videojuegos) tienen un efecto arrollador, ‘ardiente’ podríamos decir, pero carecen del brillo del prestigio íntimo, no tanto porque son efímeros sino porque son masivos y permanentemente se trastocan y modifican. Está la cuestión de la designación en juego, de lo que habla a cada uno, de la singularidad de los recorridos y las experiencias.
 

¿Qué hacer, entonces?

 
¿Qué posibilidades tiene la escuela, en la figura de sus directivos y docentes, para insistir en una transmisión de la cultura en este nuevo contexto? Podemos retomar la escena de los audífonos: ¿insistimos en sacárselos, o grabamos podcasts para que escuchen? Quizás las opciones no sean tan antitéticas como parecen. Quizás haya que caminar entre las dos, de a ratos invitando a desconectarse del mundo propio para conectarse con otros, para escuchar y atender a otros, y de a ratos entrando a sus mundos a través de las puertas disponibles. Podría pensarse, por ejemplo, en qué diálogo puede hacer la escuela con las playlists: ¿podemos pensar una enseñanza disciplinar que se acompañe de una banda sonora? ¿Qué necesitaríamos saber los docentes para encarar esa aventura? Seguramente requiramos la ayuda de quienes se encargan profesionalmente de hacer bandas sonoras –los sonidistas-, pero también dialogando con los contenidos y las formas que nos interesa desplegar en el aula. Podríamos armar playlists para trabajar y ayudar a concentrarse; pero quizás el mayor desafío es el de producir listas temáticas que permitan tender puentes con los saberes y las operaciones que queremos enseñar: lenguajes, métodos, problemas concretos que abordamos desde la enseñanza del español, la historia, la geografía, la biología o la física.
 
Lo mismo podría decirse del trabajo con imágenes. La escuela puede trabajar con lo que circula en las redes sociales o en YouTube, o también con lo que producen los estudiantes, pero buscando contribuir a ampliar sus mundos y a que se acostumbren a frecuentar otras imágenes y otras formas de producir. Deberíamos intentar, más todavía en esta época, enseñar a detenerse en las imágenes, a no pasarlas tan rápido, a problematizarlas, a formularse preguntas respecto a lo que se ve y cómo se ve. Quedarse únicamente en el gusto inmediato y efímero sobre tales o cuales imágenes no ayuda a construir mejores orientaciones para moverse en este mundo.
 

¿Podremos generar espacios de aprendizaje aumentados, potenciados por las tic, apropiándonos creativamente de los nuevos medios? El desafío es encontrar formas de conectar mundos, ayudando a los estudiantes a atender y acercarse a otros sonidos, otras imágenes, otros textos y otras experiencias del mundo que los que tienen inmediatamente accesibles.


 
Hay que pensar a la escuela hoy como un espacio y un tiempo de puentes y  bifurcaciones, de integración de entornos (oral, escrito, digital), de producción de experiencias ampliadas en nuevos espacios que trasciendan el campo limitado del aula y la escuela. Es una oportunidad para generar un pensamiento que supere las antinomias y dicotomías (profundo vs superficial, lectura vs imagen, etc.etc.) que se nos presentan, muchas veces, como insuperables e ineludibles. Esta es una tarea colectiva, grupal, de a muchos que nos llama a innovar, a inventar, a buscar nuevos caminos y a compartirlos con otros…