El 13 de enero de 2021 tuve el honor de ser convocada por la Fundación SM para moderar el webinar ”Una escuela relacional para construir Ciudadanía Global”.

El título de este webinar, la forma en cómo las palabras están ordenadas, nos plantea una visión muy concreta: que el desarrollo de habilidades para una ciudadanía global depende necesariamente de una escuela donde se fomente el fortalecimiento de las relaciones sociales, de la cohesión e integración entre los miembros de las comunidades educativas y las comunidades que los rodean. Una escuela que tenga como base la enseñanza de los principios de una convivencia no solamente sustentada en la tolerancia a los otros, sino en el respeto y reconocimiento a sus historias, intereses, culturas y experiencias; y, que, por tanto, promueva la inclusión de todas y todos para participar y liderar la construcción de acciones colectivas que transformen nuestras realidades cotidianas.

Educar para la ciudadanía implica entonces crear oportunidades para poner a todos los actores, sin distinción alguna, en diálogo, encuentro y movimiento permanente hacia una transformación orientada al bien común. Procesos todos que suponen una visión de un ejercicio cotidiano de la ciudadanía concebida como una oportunidad permanente de aprendizaje, a lo largo de la vida, que nos transforma a todas y todos al mismo tiempo en diferentes espacios, y fortalece nuestro compromiso y responsabilidad por los otros. El ejercicio de la ciudadanía no empieza ni termina en los establecimientos educativos, pero, sin lugar a dudas, estos son un hito fundamental para su aprendizaje holístico e integral. 

Desde esta concepción, la escuela relacional promueve un aprendizaje de la ciudadanía que no solamente traspase sus paredes y se manifieste en los hogares, las comunidades, sus organizaciones e instituciones, sino que haga del mismo aprendizaje una contribución fundamental a la construcción de una cultura democrática y al desarrollo de los países. En otras palabras, en todo proyecto de país, hacia sociedades más justas, democráticas y sostenibles, es clave contar con una escuela que promueva el aprendizaje de un ejercicio ciudadano con base en la inclusión, la equidad, los derechos humanos, la igualdad de género y la diversidad.

Por lo mencionado anteriormente, el ejercicio de una ciudadanía crítica y activa se ve potenciado cuando los ámbitos formal, no formal e informal de la educación están cada vez más integrados, y el ejercicio de la ciudadanía se da a lo largo y ancho de la vida, atravesando los espacios escolares, comunitarios y de los hogares, poniendo en diálogo y favoreciendo la retroalimentación entre los saberes, prácticas, culturas e historias que se ponen de manifiesto en cada uno de ellos. Por eso, la ECM para hacerse realidad necesita orientaciones educativas que vayan más allá de los procesos de aprendizaje y enseñanza, de gestión y gobernanza escolar, incentivando la participación comunitaria en los procesos educativos, y la inclusión de lo educativo en los procesos de toma de decisión comunitarios que impactan en la vida de sus miembros. De esta manera, la ciudadanía se ejerce en un continuum donde las escuelas, las familias y las comunidades, incluso a nivel mundial, están conectadas y articuladas sobre sentidos del bien común que, lejos de dividirse por ámbitos, se refuerzan, complementan y problematizan alrededor de desafíos que cuestionan su supervivencia, y, muchas veces, exigen nuevos compromisos para su reafirmación.

Si el concepto de participación ciudadana se define como ser “parte de algo”, la escuela relacional debe entonces contribuir a que todas las personas podamos estar incluidas en nuestras comunidades, desarrollar un sentido de pertenencia y también favorecer la inclusión de otros. Esto significa que los procesos de enseñanza y aprendizaje, y también los proyectos educativos, las culturas de gestión y gobernanza de las instituciones educativas, deben promover una mayor equidad y justicia social, evitando la reproducción y profundización de las desigualdades educativas.

En América Latina y el Caribe, la región más desigual del mundo, la escuela relacional, y por tanto el aprendizaje para el ejercicio de la ciudadanía, solo puede hacerse realidad si se garantiza el derecho a una educación de calidad, inclusiva y con equidad, a lo largo de la vida.

Al mismo tiempo, y tal como se puede observar en la meta 4.7 del Objetivo de Desarrollo Sostenible 4 de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, garantizar una educación de calidad, inclusiva y con equidad, implica incluir a la educación para la ciudadanía mundial entre los aprendizajes fundamentales para que las personas sean también los agentes de cambio que logren las transformaciones que el mundo requiere para lograr dicha agenda. Para ello es clave que todos los actores trabajemos juntos para expandir y fortalecer la implementación contextualizada, relevante y pertinente de la educación para la ciudadanía mundial.

La escuela relacional es entonces una oportunidad para la enseñanza de valores, principios y acciones que aborden las problemáticas que vivimos de una forma colaborativa, sabiendo que, de las crisis, solo se sale con el esfuerzo y la participación de todas y todos.

Frente a la exacerbación de las desigualdades, la educación, y, sobre todo, una educación que nos haga protagonistas del debate y la incidencia para la transformación de nuestras sociedades, es una de las respuestas medulares a la crisis que vivimos, y cuyos impactos se sentirán por décadas en la región. 

En este marco, la educación adquiere un rol esencial en la preparación de las personas con una visión humanista, colectiva y compleja (multidimensional), que conecte las experiencias de enseñanza y aprendizaje con las aspiraciones individuales y sociales de cambio.

En esta línea, hemos podido observar en los últimos meses una llamada a repensar la educación y las políticas educativas hacia sistemas educativos de calidad, inclusivos y resilientes, y a re-imaginar los procesos de enseñanza y aprendizaje que permitan preparar a las personas, a lo largo de la vida, para las siguientes acciones:

  • Comprender críticamente y cuestionar la multidimensionalidad de las causas e interrelaciones de los procesos económicos, políticos, sociales, culturales, entre otros, que se producen e impactan recíprocamente en los niveles locales, regionales y globales, afectando la realización de los derechos humanos y libertades fundamentales de las personas.
  • Fortalecer la autoestima, la autoconfianza, el cuidado de sí mismos y de los demás, la empatía, la solidaridad, la amistad y el cariño por el otro, y el respeto y reconocimiento a la diversidad.
  • Aprender a convivir (“vivir juntos”) y contribuir a la integración y cohesión sociales que son necesarios para fortalecer la resiliencia de nuestras sociedades para abordar múltiples coyunturas críticas, y recuperarse con un sentido de bien común y en el marco del Estado de derecho.
  • Liderar y participar en la construcción de acciones colectivas que aborden de forma responsable y comprometida los principales desafíos que afectan nuestras realidades para lograr el bienestar y nos preparen para afrontar mejor próximas crisis.

De acuerdo a lo mencionado, la ciudadanía mundial puede tener un rol crítico y contribuir a crear espacios y oportunidades para discutir y repensar los cambios que las sociedades deben realizar.

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Meta 4.7. “Asegurar que todos los estudiantes adquieran los conocimientos y habilidades necesarios para promover el desarrollo sostenible, incluyendo, entre otros, la educación para el desarrollo sostenible y estilos de vida sostenibles, los derechos humanos, la igualdad de género, la promoción de una cultura de paz y no violencia, la ciudadanía mundial y la apreciación de la diversidad cultural y de la contribución de la cultura al desarrollo sostenible”[1].

[1] Para mayor información sobre la meta 4.7 del Objetivo de Desarrollo Sostenible 4, por favor, visitar la siguiente página: https://www.un.org/sustainabledevelopment/es/education/, en la sección Metas del Objetivo 4.